La erótica del conocimiento

Hay una sensualidad en el libro como objeto. Desde niña te gusta abrir un libro nuevo, oler la tinta de sus páginas. Cada libro, además, tiene su olor propio, ninguno huele igual a otro, como la piel viva, transmite sensaciones. Los libros nuevos, su olor, te retrotraen a la infancia, al otoño de comienzo de curso. Un libro cerrado es siempre víspera de conocimiento, de emociones intensas. Abrirlos es poner los brazos, las piernas, en cruz, el ser presto para el abrazo y la entrega.

martes 27 de octubre de 2009

Ventanas de Manhattan, Antonio Muñoz Molina


"Manhattan es el gran bazar del mundo entero" , nos dice Muñoz Molina, nos lo va diciendo todo el tiempo que permanecemos a su lado recorriendo las calles, mirando las anchas ventanas por las que con él y por él admiramos las grandezas y miserias de ese corazón grande de manzana herida y palpitante.

La concreción del mundo, de los seres que lo habitan, no sería tal si todo no tuviera un nombre como garantía de su existencia. Por eso, el gran narrador que es Muñoz Molina, nos recuerda que hay un mundo manhattan que late convulso porque las cosas en él contenidas tienen todas un nombre preciso, un adjetivo sorprendente, un sintagma que como una cerilla en la oscuridad produce un destello en el ánimo.

Una incurre en la lectura de este libro como deambularía en un zoco de emociones, el verbo maestro de Molina siempre de guía, la luz de la cerilla, del destello que no cesa, abriendo el paso entre las tinieblas del que va, no del todo confiado en lo que otros sentidos le dictan, palpando la realidad con la punta de los dedos como quien corrobora una mercancía en exposición. Y sabíamos que existen edificios colosales que nunca hemos visto más que en pantallas, pero ahora sabemos que existen en la congoja y la admiración del testigo excepcional, incesante cronista, que nos los acerca y los explora. Muchos años después del poeta en Nueva York, el narrador en Manhattan nos deleita y nos obsequia con un texto de una brillantez sin parangón, y es que una se adentra en las aguas deleitosas de este discurso demorándose con voluptuosidad por los relieves de los verbos, por las sustancias de los nombres, los meandros de una adjetivación que alcanza cotas de sinfonía polifónica, como no queriendo tocar nunca orillas ni retornar al limbo de lo innombrado, a la oscuridad de antes del relámpago inaugural de la metáfora.

Y es que todo aquello que hemos visto en el cine, oído en el jazz, leído en gruesos titulares y cien veces visto en noticieros televisivos, todo eso adquiere un tinte de fábula y un matiz legendario en estas páginas. Tanto si se nos habla de exposiciones de maestros pintores como si se detalla un concierto, si se nos describe la espesa atmósfera de un club a media noche o los largos paseos por un parque oasis central entre edificios.

Junto al lujo más innoble, los detritus humanos en el lodo, junto al desamparo de la enfermedad sin cobijo, el altruismo de solitarios sin remedio, todo en una contigüidad de casilleros intercambiables, ventanas verticales por donde la luz penetra y desde donde la perspectiva se agranda.
No estamos ante una novela ni un libro de viajes, ante una memoria del escritor o una crónica periodística, pero este libro es, a la vez, todo eso a un tiempo. Y es, además, un intento, acertado, de subvertir el mundo táctil, lumínico, sensorial, del relator en una rotunda construcción literaria desde donde las palabras precisas, concienzudas y arriesgadas expenden sensaciones siempre renovadas. De manera que en sus páginas conviven las puestas de sol más pictóricas con el relato de los hechos, tantas veces reflejados por los medios de comunicación, del 11 de septiembre. Un retrato de un maestro vocacional del Bronx y el del niño que desde que vio chocar unos aviones contra unas torres no cesa de dibujar cuerpos precisos cayendo al vacío.
Las alusiones, siempre recurrentes en la obra de este autor, a la infancia rural de años (casi se diría que de siglos) atrás, nos hace tomar perspectiva del asombro y hace partícipe al lector de esa admiración por el descubrimiento constante de lo novedoso.
Creo decididamente en el poder piafante de la palabra, por eso este es un libro del que nunca me hubiera gustado salir.

Ventanas de Manhattan, Antonio Muñoz Molina

Seix Barral, Barcelona, 2007



lunes 26 de octubre de 2009

El arte de la vida, Zigmunt Bauman


El autor al que se debe la definición "sociedad líquida", "amor líquido", describe en este libro cómo, a su entender, nos hemos convertido en artistas de nuestra propia vida en medio de una sociedad individualizada e hiperconsumista. Sin embargo, y a diferencia de los artistas, no disponemos de herramientas ni materiales adecuados a nuestro propósito como sí lo tienen los artistas, por ello, cada individuo debe construirse su propia existencia y de esa construcción recibirá crítica de la sociedad que le acoge que, en función de los resultados obtenidos, censurará o alabará. Al mismo tiempo la sociedad en la que vivimos nos influye en la manera que construimos nuestras vidas.
Pero esto, así formulado, parece abstracto en exceso y aunque Bauman concreta en la descripción de lo que está ocurriendo al individuo en el plano social, la lectura de este libro no es nada fácil ni complaciente en la medida que no da pautas sino que se limita a describir el comportamiento del ciudadano posmoderno, tan "líquido", tan deslabazado diría yo, que el autor se contagia de esa liquidez y no ejecuta un texto rotundo ni categórico sino un tanto disperso, o por decir algo abierto, demasiado abierto para mi gusto, sin unas conclusiones claras más allá de las ya descritas en otros textos, me quedo con esta cita extraída de éste que coincide en el fondo con otros libros de los que se ha dado reseña en este blog: "La creciente fragilidad de los vínculos humanos, la impopularidad de los compromisos a largo plazo, la división entre 'derechos' y 'obligaciones' y la elusión de cualquier obligación que no sea 'consigo mismo", y esto aplicado tanto a a las relaciones sociales como a las afectivas es el transfondo de la cuestión que aborda este ensayo.
El arte de la vida, Zygmunt Bauman
Paidós, Barcelona, 2009

lunes 19 de octubre de 2009

El vestido habla, Nicola Squicciarino


En el subtítulo: Consideraciones psico-sociológicas sobre la indumentaria.
Antes que el vestido, el cuerpo es el que "habla", así comienza este volúmen, hablándonos sobre el lenguaje del cuerpo, desde el punto de vista de la comunicación no verbal, de la psicología y la semiótica. Hace un recorrido por las señales no verbales, iniciándolo con el estudio de la expresión del rostro, la mirada, los gestos y movimientos del cuerpo, el comportamiento en el espacio: la postura.
La segunda parte está destinada al estudio del cuidado de la propia imagen. El origen del vestido no es como puede pensarse funcional, antes que la necesidad de abrigo o de resguardo del pudor, el carácter simbólico del vestido se inicia con la ornamentación corporal, la pintura o el tatuaje del cuerpo, los cosméticos, los orificios para colocar abalorios, incluso los artilugios para modificar el cuerpo, agrandar el cráneo, alargar el cuello, empequeñecer los pies, el uso del corsé, etc.
Desde el punto de vista psicológico la indumentaria es una extensión del "yo", el vestido no cumple sólo una función como resguardo del pudor sino que, por el contrario, está destinado a acentuar el erotismo en la medida que oculta por un lado y desvela, insinúa o acentúa por otro.
En la tercera parte nos habla de la moda, de cuáles son sus orígenes, de la difusión que alcanza y cómo hace de la vida cotidiana un espectáculo.
Este libro constituye un interesante y completo estudio sobre el vestido, que acompaña a la humanidad desde los orígenes. Para amantes de la sociología o la antropología, lectura ineludible, así como para aquellos lectores, voraces o no, cuya curiosidad les lleve a husmear todo aquello que, por humano, no le sea ajeno.
El vestido habla, Nicola Squicciarino
Cátedra, Madrid, 1990

Algo más inesperado que la muerte


En esta novela la autora nos sumerge de inmediato, desde la primera línea, en una trama que nos atrapa y no nos da respiro. Nos atrapa no sólo porque estén muy bien utilizados los recursos narrativos que consiguen mantener alerta al lector, sino porque nos dibuja unos personajes sólidos, reconocibles en sus ambiciones arribistas, en sus mezquindades cotidianas. Y es que Lindo nos traza unos perfiles de personas instaladas en la propia mediocridad que pese a ella o tal vez por ella persiguen brillar aunque no sea más que con el regüeldo del brillo ajeno. Desde la protagonista, que es uno de tantos ejemplos de mujer joven casada con una celebridad de edad avanzada a cuya sombra se siente a resguardo de hacer nada de provecho por sí misma, hasta la cohorte de aduladores hipócritas o fieles lacayos que rodean al escritor célebre, imbuido de vanidad e impiedad para con los que merodean como perros los territorios de su gloria. Todos van desgranando, a medida que avanza la narración, sus temores y carencias, sus cálculos y adhesiones condicionadas. El resultado de estas combinaciones desde luego será algo más inesperado que la muerte, algo que para la protagonista se convertirá en una sombra más alargada de lo que habría podido calcular.
La solvencia de Elvira Lindo como narradora en esta su segunda novela (aunque tercera según el orden en que he leído las otras dos) queda más que probada, con un lenguaje siempre al servicio de la tensión narrativa, al que no le sobra nada (y del que se diría carece de eso que algunos denominan "estilo" y que las más de las veces no es más que una incursión errática por un lirismo forzado) consigue crear un mundo creíble, reconocible, al alcance de un lector entrenado en la observación de la vida que le rodea. Y como si ese logro fuera menor, aunque ya por sí mismo hace de esta novela una obra de mérito, además lo consigue dentro de una historia sin resquicios en la estructura, muy bien trabada, que cuenta con todos los ingredientes que hacen interesante una lectura hasta para aquel lector que no se conforma con retratos psicológicos y quiere "peripecia", novela con una acción concreta, con tensión.
En esta, como en otras novelas de Elvira Lindo, llama la atención su maestría en el uso del lenguaje coloquial, e incluso vulgar, sin que en ningún momento se abran las costuras de la narración, esa recreación del lenguaje coloquial que algunos profanos podrían creer cosa fácil, no es tarea sencilla -si no invito a cualquiera que haga la prueba y verá que no consiste en ningún caso en trasladar stricto sensu el lenguaje que oyes en el autobús- porque el lenguaje hablado dista mucho del lenguaje escrito. No, lograr transmitir "coloquialidad" en la escritura es tarea que requiere denuedo y talento, ese talento que posee Elvira Lindo y con el que consigue siempre emocionar.
Antes ya me emocionó "Una palabra tuya", y antes aún "El otro barrio". Sin desmerecer el trabajo como articulista de Elvira Lindo, que resulta siempre estimulante (ni obviar ninguna de sus otras facetas) esta lectora ya está deseando otra novela.
Algo más inesperado que la muerte,
Elvira Lindo, Alfaguara, Madrid, 2002

El síndrome de Maripili




"El miedo de las mujeres a no ser queridas" No es éste un libro más repleto de largos lamentos acerca de lo desgraciadas que son las mujeres, destinado a adjudicar culpas. No. Lo que me ha gustado de este libro, que, por otro lado no me ha desvelado nada que no supiera, o no intuyera de alguna forma, es que es una invitación a la reflexión acerca de los orígenes sociales, educacionales, de mentalidad en definitiva, de toda la sociedad en su conjunto. De cómo las mujeres se boicotean a sí mismas porque quieren obedecer a un estereotipo ancestral, ya que no obedecerlo supone asumir la soledad del rechazo o la incomprensión de sus propias familias, no sólo de sus maridos, sino del parentezco político o carnal, incluso de sus propias madres. No habla de culpas el libro, reparte, eso sí, responsabilidades, y, junto a las que otorga a la sociedad, no faltan las que adjudica a la propia mujer, muy acostumbrada a querer agradar, a ser una buena chica, a no sacar los piés del plato, a derrumbarse si recibe desaprobación, dado que la mujer tiende a impregnar de afectos incluso aquellas parcelas de la vida que no pertenecen al campo de los afectos. Pero una vez revisados los orígenes, el desarrollo y la implantación que aún hoy día tiene el cliché de la feminidad, nos da pautas para reorganizar estrategias y no sucumbir ante las presiones del entorno. ¿Por qué sólo una minoría de mujeres han alcanzado hoy día el poder -sea en la empresa, en la polítca, en la ciencia, etc-? Se pregunta la autora, y nos propone algunas respuestas, el miedo al éxito profesional conduce inevitablemente al fracaso, ese miedo viene determinado por el temor a no ser una buena madre, a permanecer sin pareja, a sentir el rechazo de la propia familia, en definitiva a romper con ese estereotipo lacerante en el que aún estamos atrapadas, por no mencionar las nuevas metas a las que debemos aspirar si queremos cumplir con el nuevo corsé de las mujeres actuales: cuidar el físico, estar siempre dispuesta sexualmente, y un largo etc.

Como colofón a esta breve invitación a la lectura de este libro me quedo con una cita extraída de él: "Seducir es poder, coquetear es sumisión". Pensemos.

El síndrome de Maripili, Carmen García Ribas,

L´esfera dels llibres, Barcelona, 2006

miércoles 26 de agosto de 2009

¡Me lo llevo!: una historia del shopping, Thomas Hine





Este libro es un interesante recorrido por la historia del consumo y las transformaciones que el acto de comprar ha sufrido a lo largo de la historia humana. Constituye además una reflexión sobre por qué compramos. Comprar es una necesidad que ha venido a sustituir las labores de recolección y de caza de nuestros ancestros, pero además el deseo primordial de poseer objetos, de acumularlos, es muy antiguo, históricamente ha sido prerrogativa de los poderosos, que conseguían poder precisamente a través de los objetos que lograban obtener. Pero cuando hoy día salimos "de tiendas" no lo hacemos con el único objeto de cubrir unas necesidades ya sea de abrigo, de comida, de artilugios o máquinas, sino que constituye un acto que, por un lado llena de forma lúdica nuestro ocio y por otro nos reviste de indentidad, queremos poseer los objetos que den de nosotros una determinada imagen ante los demás. Pero no únicamente, como podría pensarse, por medio del prestigio que otorga ser poseedor de objetos de determinadas marcas, no sólo así, sino con aquellos objetos que hablen por sí mismos de cuál es nuestra sensibilidad, cuáles nuestras creencias, nuestros valores. Sin olvidarnos de que también compramos "para encajar" en el molde social en el que nos hallamos. Hoy día, en según qué ambientes, está muy mal visto ser comprador, declarar sin sonrojo que se es consumista, confesar que dedicamos mucho tiempo a"ir de tiendas" es sinónimo de ser una persona superficial y poco concienciada de los males que aquejan al medio ambiente. Sin embargo todos, sin excepción, consideramos que comprar una determinada cosa y no comprar en absoluto otra nos está haciendo tomar una posición en la vida, incluso cuando no tenemos poder adquisitivo o nos declaramos fieles defensores de la sostenibilidad del planeta, no dejamos de mirar catálogos, consultar en internet, mirar escaparates, o transitar las calles de los hiper que no son las destinadas a objetos de primera necesidad, y hacerlo de forma activa, tocando, sopesando, curioseando cientos de artilugios que no siempre llegamos a comprar, porque al tener unos recursos limitados tenemos que definir muy bien el orden de prioridades, por eso cuando conseguimos hacer una buena compra (cuando conseguimos adquirir un objeto cuya relación calidad precio consideramos óptima) nos sentimos realizados y satisfechos. Por el contrario llegamos a sentirnos culpables cuando nos hemos dejado llevar por un acto impulsivo y hemos realizado una compra que está por encima de nuestras posibilidades o cuya calidad no alcanza el precio que nos ha costado. Qué tendrá el acto de la compra que a todos nos ocupa tanto. En Todorov, un autor que se cita mucho en este blog, he leído la penuria que constituía en los países del bloque soviético el acto de la compra, la humillación constante a la que los ciudadanos se veían sometidos a la hora de aguardar grandes colas y extenuantes esperas para obtener objetos de primera necesidad, la angustia que provocaba en ellos recorrer largas estanterías vacías y es que el totalitarismo no se expresa únicamente en la restricción de libertad política, sino que desviste al individuo de la identidad que supone un acto primario de elección tal como qué ropa ha de usar o si va a poner mantequilla en el pan.

En nuestra sociedad desarrollada, el acto de la compra resulta ser tan vital que forma parte del mundo complejo que habitamos, con la lectura de este libro he llegado a ser consciente de hasta qué punto alguien que, como quien suscribe, hace alarde de sucumbir poco al consumismo, sucumbiría de pleno si su nivel presupuestario se lo consintiera a menudo, si no de dónde nos vienen esos simulacros de obstentación que nos producen los bazares de precio único donde elegir una taza para tomar té puede demorarnos un buen rato. No olvidemos que los objetos tienen un gran poder evocador, cuando tomo en mis manos una taza no es un objeto inanimado el que tomo sino el calor que transmitirá cuando esté llena de humeante y aromática infusión, que el ritual de tomar un té a media tarde lo haré en compañía grata o a solas con mis pensamientos....A todos nos ha ocurrido estar sin blanca y dedicar una tarde a recorrer estanterías de objetos que no podíamos comprar pero que algún día -soñábamos- podrían formar parte de nuestro universo, arropando afectos o compartiendo goces.

¡Me lo levo!, Tomas Hine,

Lumen, Barcelona, 2003


Si no lo creo, no lo veo, Xavier Guix




En el subtítulo: "cómo construimos nuestra imagen del mundo y de nosotros mismos".

Si os relato una anécdota sabréis enseguida de qué trata este libro. Hace días, en el lugar donde he estado de vacaciones, estaban llevando a cabo obras en el portal del edificio que incluían el cambio de la puerta de entrada. Yo tenía llaves para acceder a él, pero unas llaves anteriores a la reforma, así que cuando me dispuse a abrir la puerta no lo conseguí. Este inconveniente supuso tener que hacer una llamada a quien podría resolver la cuestión y facilitarme la nueva llave del portal; quien debía hacerlo me aseguró que aunque la puerta había sido sustituida seguía siendo válida la llave de la anterior, sin ir más lejos, horas antes, no habíamos tenido ninguna dificultad para acceder al edificio. Tras esta aclaración volví a probar la llave, comprobando que, efectivamente, se deslizaba sin ningún inconveniente. ¿Cuántas veces nos ha ocurrido estar tan convencidos de que algo no saldrá que, efectivamente, llegado el momento comprobamos que no "sale"? Nos sucede a todos, nuestro mundo humano es un mundo de creencias por el que transitamos aferrados a las que nos forjamos día a día y a las que forman parte de los lugares comunes de la convivencia. Ese modo nuestro de aferrarnos a las creencias nos "vendan" los ojos y a menudo acaban por complicarnos la existencia. Nos cargan con prejuicios que obstaculizan la comunicación y nos crean malestar constante, contínuos equívocos, juicios desacertados, confusión. El autor nos propone el modo de deshacernos de aquellos prejuicios que entorpecen nuestra vida cotidiana y nos alienta a ejercitar los músculos del pensamiento, a interrogarnos sobre si lo que pensamos acerca de lo observado está cargado de energía propia o por el contrario está lastrado por planteamientos erróneos.

Este libro constituye la segunda "entrega" del autor en este blog, ya aquí se ha dado cuenta de "Ni me explico, ni me entiendes" referido a las dificultades en la comunicación.

Ambos libros constituyen un estimulante punto de partida para reflexionar sobre cómo gestionamos la comunicación y cómo nos desenvolvemos en nuestro mundo de creencias, y ambos son muy recomendables porque plantean cuestiones que incitan al aprendizaje


Si no lo creo, no lo veo, Xavier Guix,

Editorial Granica, Barcelona, 2005

martes 25 de agosto de 2009

Brooklyn Follies, Paul Auster



Por fin, una novela. Os confieso que me he vuelto muy exigente con el género, desde que me he convertido en lectora voraz de ensayos me cuesta decidirme por la ficción, no porque no sea apasionante en sí misma, sino porque tiene que estar muy bien contada para que emocione, conmueva, instruya en el vivir-vivir, y todas esas exigencias que tengo con la literatura de creación, claro que no muchos escritores colman las expectativas con las que parto al iniciar el viaje por las primeras páginas de una novela. Pero si el autor elegido es Paul Auster, diré que, por el momento, está a la altura del listón que le impongo al género. No es la primera novela que leo de Auster, ya leí hace unos meses El Palacio de la Luna, que me gustó, aunque Brooklyn Follies me ha gustado más. Ignoro cual de las dos fue escrita antes o después, no me impongo una labor de crítica profesional, a los que seguís este blog no os lo tengo que aclarar, no me he propuesto en ningún caso hacer esa crítica de experto erudito, sino hablar, como lectora, del goce de leer. Y con Brooklyn Follies he gozado con fruición (leí las 310 páginas de la novela en el plazo de 24 horas, muchas de ellas consecutivas, lectura cuya voracidad me obligó a aplazar mi descenso a la playa para días más grises, a demorar mi bronceado y a lo que hiciera falta) Y es que cuando me tocan la fibra sensible...No voy a citar nada sobre el argumento de la novela, al fin y al cabo, la anécdota de las novelas se me olvida fácilmente, con lo que me quedo es con el trasfondo por el que transcurren y el de ésta nos viene a decir: mirad ni investigación científica, ni creación artística, ni trabajo filosófico, nada, oidme, nada, es para el humano más importante que el mundo de los afectos. Qué pena que a veces a conclusión semejante tengamos que llegar por vericuetos dolorosos: una enfermedad propia, un desencuentro con los otros, un vivir sin vivir en mí o un vivir disfrazado siempre de otro. Esta novela nos habla de la madurez, no porque el narrador protagonista esté apunto de cumplir 60 años, sino porque al fin descubre qué quiere ser mientras está siendo en un presente que es gerundio lleno de desencuentros, encuentros, retornos y despedidas. En definitiva de aceptación por el devenir de una vida que fluye y a la que hay que hincar el tenedor a manos llenas, porque la vida es nuestro único y certero equipaje. Que a veces nos tenemos que sentir al borde de un precipicio para valorar aquello que perdimos y que ahora, nunca es tarde, queremos recobrar. Algunos de los hombres que atraviesan las páginas de Auster, tanto en la novela que aquí se reseña como en la anterior a la que se ha aludido, son hombres profundamente afectuosos -aunque torpes y desmañados en la expresión de esos afectos y por eso mismo solos- solos de esos que añoran una mujer, no ninguna concreta, sino la mujer como puente inexcusable para atravesar de una orilla a otra, de soledad a encuentro. Hombres tímidos y acomplejados por no cumplir con los cánones preestablecidos, que no tienen el valor de exponer unas conductas renovadas, aunque en Brooklyn Follies el narrador protagonista sí consiga agarrar por los cuernos el toro de su vida, asumir el balance de la que ha tenido hasta la fecha y de cómo quiere vivir la que le resta. Una asunción de lo que es que viene a ser un "estar siendo" sin disfraces ajenos, por eso esta novela es profundamente alentadora, porque nos dice que esa vida sin imposturas es posible y que la expresión de los afectos y la asunción de uno mismo y el recobrado encuentro con aquellos que constituyen nuestro universo afectivo pese a ser un camino a menudo incómodo no es valdío sino cálido, probable, posible, pleno.


Brooklyn Follies, Paul Auster
Anagrama, Barcelona, 2008


domingo 12 de julio de 2009

Argumentar en situaciones difíciles, Philippe Breton



Transcribo a continuación el largo subtítulo de este libro: "qué hacer ante un público hostil, las afirmaciones racistas, el acoso, las manipulaciones y las agresiones en todas sus formas". El citado subtítulo da idea del contenido del libro, pero si van buscando una receta explicativa de qué hacer paso a paso para salir de apuros no es eso exactamente lo que encontrarán pues el autor, experto en comunicación, nos expone un anecdotario basado en su experiencia como comunicador pero no es un experto en modificación de conducta. Este libro constituye un razonamiento a partir de unas experiencias concretas cuyo ingrediente principal es el sentido común (ya se sabe: el menos común de todos los sentidos) y en la habilidad para la comunicación que se basa fundamentalmente en una perspicaz observación acerca de la actitud de quien tenemos delante. Si sabemos "leer" en la actitud de quien afrontamos tenemos mucho terreno ganado para saber por dónde abordarle o cómo desbaratar sus argumentos.
Es breve, ciento y pico de páginas, que se leen del tirón, los libros que abordan la comunicación entre humanos siempre resultan apasionante ¿No creen?
Argumentar en situaciones difíciles,
Philippe Breton
Paidós, Barcelona, 2004

Decisiones instintivas, Gerd Gigerenzer

Las decisiones instintivas, y al día tomamos muchas decisiones tanto menores como importantes, no son irracionales aunque muchas de ellas nos resultan inexplicables porque se toman de una forma inconsciente. En este libro se resumen los descubrientos que se están llevando a cabo por el Centro de Comportamiento Adaptativo y Cognición del Instituto Max Planck para el Desarrollo Humano de Berlín, cuyo director es el autor, Gerd Gigerenzer, acerca de aquello que en lenguaje coloquial denominamos "tengo una intuición", nos muestra cómo esas intuiciones a menudo son más certeras a la hora de tomar una decisión que embarcarnos en toma de datos y contraste de ellos para elaborar un largo razonamiento sopesando pros y contras, porque estos razonamientos basados en datos abundantes y contrastados son más válidos a la hora de explicar a posteriori un determinado hecho pero no para anticiparnos a prever en una situación donde disponemos de pocos datos y es urgente decidir acertadamente. El cerebro humano, más evolucionado que el resto de especies, elabora en milésimas de segundos una posible decisión, que a menudo suele ser certera, y esto ha determinado la superviviencia de la especie, sin esta capacidad no nos enamoraríamos, no tendríamos sentimientos de apego a la familia o al grupo social y a menudo sucumbiríamos a peligros cotidianos. Es, pues, un instinto que ha determinado nuestra adaptación al medio.
La lectura de este libro resulta muy amena, se detallan muchos ejemplos clarificadores y a menudo asombrosos con los que nos topamos frecuentemente en nuestra vida diaria.
Para quien quiera ver un buen resumen le recomiendo este enlace, es el programa "Redes" de Eduardo Punset donde éste entrevista a Gigerenzer acerca de este libro.

http://blip.tv/file/994517

Decisiones instintivas: La inteligencia del inconsciente
Gerd Gigerenzer
Ariel, Barcelona, 2008

martes 7 de julio de 2009

Ni me explico, ni me entiendes, Xavier Guix



"La comunicación no es algo que suceda en la realidad, sino que la realidad se construye en la comunicación", esta es una de las premisas de la que parte el libro. En él se redefine el acto de la comunicación "mucho más allá del emisor y del receptor", también, añado, mucho más allá de las palabras, pues también es comunicación el lenguaje corporal, que a veces desmiente lo que decimos con palabras o el tono de voz que es "el fondo sonoro de las emociones".

Guix nos propone un análisis de los actos comunicativos, que define como actos relacionales, los "ruidos" que distorsionan la comunicación, los distintos planos en que se contextualiza. Ejemplifica con algunos casos comunes, en los que podemos fácilmente reconocernos, nos ayuda a detectar cuándo la comunicación no está siendo eficaz y a qué causas puede obedecer esta ineficacia, sin descartar datos, pues el "ruido" aporta información válida que nos ayuda a desentrañar qué podemos cambiar en nuestros actos comunicativos, pues estos son actos relacionales, es decir, procesos abiertos.

Nos habla de la importancia de la asertividad y la empatía para mejorar los actos comunicativos, pues "el control de la conversación lo tiene el que escucha y no el que habla"

Después de hacer un breve recorrido por los trastornos del lenguaje, en un tercer y último capítulo nos aporta recursos para una comunicación eficaz. Menciona las interesantes aportaciones de la Programación Neurolingüística y los modelos aplicables de ésta, cuyo mejor modo de acercamiento no es, en opinión del autor, a través de los libros, ya que no serían suficientes para enterarse de esta práctica. La PNL es una disciplina basada en la experiencia y como tal requiere práxis y del conocimiento técnico de profesionales.

Sin duda interesante, este libro puede inyectar en quien lo lea el "gusanillo"de querer ahondar en PNL, aunque para quien suscribe, el hecho de que los libros no basten para abarcarla, le cree un vago sentimiento de ansiedad.

Ni me explico, ni me entiendes.Los laberintos de la comunicación,

Xavier Guix,

Verticales de bolsillo, Barcelona, 2008